El dinero no hace la felicidad, pero ayuda a comprar libros. Claude Roy

Un día “Cruce” apareció en la cocina de Negra y Criminal, en plena operación mejillones,  y me dijo: “Montse,  tengo una cosa para ti. Creo que te gustará”. Se trataba de esa minúscula joya titulada El amante de las librerías  de Claude Roy editado por José J. Olañeta.

Sí me gustó. A que librera o a que lector no le gustaría.

Lean estos pequeños fragmentos e intenten conseguir que algún buen amigo les regale este delicioso opúsculo.

shespir

(…) Sí, venero las grandes bibliotecas, lugares de descanso de toda la memoria del mundo, que celebró Alain Resnais. Pero es bien sabido que la veneración no es el amor y que el respeto puede no estar desprovisto de frialdad. Me inclino ante las bibliotecas cardinales. A menudo entro en ellas. Pero me inclino con un poco de espanto. Las utilizo cuando no puedo hacer otra cosa en absoluto. Lo confieso, no soy hombre de esos inmensos conservatorios de lo impreso. Amo demasiado los libros para soportar visitarlos tan solo y poder abandonar los volúmenes, a la hora de cerrar, a los guardianes de sus gloriosas Bastillas. Me gusta que los libros compartan mi vida, me acompañen, callejeen, trabajen y duerman en mi compañía, se rocen con las venturas del día y los caprichos del tiempo, acepten citas conmigo a horas “imposibles”, ronroneen con la gata al pie de mi cama, o se arrastren con ella en la hierba, doblen un poco sus páginas en la hamaca de verano, se pierdan y se encuentren de nuevo. Los libros son para mí más unos amigos que unos servidores o unos maestros. Por eso prefiero a las bibliotecas  las tiendas de las que uno sale con su amigo bajo el brazo, las grandes o pequeñas librerías, y los miembros de su familia, librerías de viejo, librerías especializadas, bouquinistas de los muelles y ferias de libros de ocasión…

(…) ¿Por dónde iba, pues? Ah, sí…

…A decir verdad, la conversación en la librería no es solamente ese intercambio de palabras que se teje entre la librería, los vendedores y los clientes, sino esa conversación muda que uno tiene con las “novedades” y las resurrecciones, con los libros del día y los libros “de fondo”,  con ese conciábulo de personas encuadernadas en rústica o en plena piel o símil piel, que en plena noche cuando la tienda está cerrada, continúan conversando en silencio…

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