Discurso del comisario Paco Camarasa a Andrea Camilleri

Ultimo día de Julio de 1998, en La Vanguardia ese gran periodista y hombre culto  que es Enric Juliana, desde la corresponsalía en Roma, mandaba un artículo que titulaba: Montalbán contra Montalbano. Explicaba que la edición italiana de El Premio, de Manuel Vázquez Montalbán, ocupaba el primer lugar en la lista de libros más vendidos en narrativa extranjera, del diario La Repubblica.

En el artículo Enric Juliana nos decía que los cinco primeros lugares de la lista de narrativa italiana estaban ocupados por libros de un tal Andrea Camilleri. E insistía Enric Juliana, en que eran los cinco primeros lugares y que no nos habíamos equivocado al leerlo.

No sabíamos quién era Andrea Camilleri. Enric Juliana nos daba una pista. En aquel momento no teníamos ni idea de  lo que iba a significar en nuestras lecturas, en nuestro futuro como lectores.

No había nada traducido de este autor que mencionaba, ni al catalán ni al castellano.

En Febrero de 1999, uno de esos cinco títulos invasores, “ocupantes” de las listas de libros más vendidos era finalmente traducido. Un Mes con Montalbano. Y en la edición en castellano, un dato importante: el prólogo era de Vázquez Montalbán. De él nos fiamos cuando nos dice: ”No estamos ante un fenómeno de prefabricación publicitaria, sino al contrario, ante la comprobación de que la literatura más artesanal puede ser ratificada por el gran público mediante el concurso de un nuevo sujeto del cambio de gusto: la vanguardia de los lectores, hoy mucho más determinante que la vanguardia de la crítica, por mal que les siente a algunos críticos empeñados a identificar al público con el mercado para desacreditarlo como juez”

Era un libro de relatos. Extrañeza, porque por motivos nunca aclarados los libros de relatos, tanto en catalán como en castellano, no son, normalmente bien aceptados por los lectores. Este Un mes con Montalbano  se componía de treinta relatos, treinta casos,  para leer uno por día, si eras capaz de resistir la tentación, y así cumplir con el título.

Salvo Montalbano, un nuevo policía. Esta vez es siciliano. Conocíamos poco de autores del “giallo”, que es cómo se llama en Italia a nuestro género preferido. Habíamos leído, en su momento, mal traducido a Scerbanenco y Enrique Vilá Matas recomendaba, en cuanto le dejabas, El zafarrancho aquel de Via Merulana, de Carlo Emilio Gadda.

Salvo Montalbano. Nos gustó el personaje. Nos gustaba su forma de investigar, de observar, de razonar, su cultura, su vitalidad, sus ganas de vivir, su humor. Queríamos más.

Esta vez, los editores nos hicieron caso, y rápidamente, apenas un par de meses después, llegó El perro de terracota, y El curso de las cosas.

Desde entonces, los adictos, no hemos, sufrido el sindrome de abstinencia lectora. Por suerte para nosotros  Camilleri y  Vázquez Montalban son adictos a leer, pero también a escribir.

Cuando leíamos los primeros casos de Montalbano, ya habíamos leído profusamente las novelas y cuentos de Pepe Carvalho, pero también de Maigret. Aún no nos habían traducido a Jean Claude Izzo, que fallecía en aquel inicio de siglo, o a Petros Markaris.

Vazquez Montalbán  llegando a la novela desde el necesario periodismo, necesario para explicar, necesario para subsistir. Andrea Camilleri llegando a la novela desde el teatro, desde el guion para televisión. Pocos escritores contemporáneos han conseguido como ustedes combinar lo culto y lo popular, adaptar a Beckett y escribir la Crónica Sentimental de España, adaptar a Maigret y firmar un libro de poemas como Memoria y Deseo. Pero, por encima de esta difícil combinación, lo que más admiramos es que pocos escritores han mantenido una actitud tan coherente, sólida e incorruptible. Conseguir el reconocimiento continuado de los lectores sin renunciar a su ética y a sus convicciones ideológicas.

Vázquez Montalbán y Andrea Camilleri empeñados en la explicación de los problemas fundamentales de los hombres. De lo humano, pero empeñados también en desbrozar los problemas fundamentales de la literatura, de la creación literaria. Sabiendo ambos que no hay que elegir, que hay que hacer literatura desde la vida, no importa si ambas, la literatura y la vida, son fuentes de compromiso, y por tanto de decepción.

Ustedes dos a través de la novela, del teatro o el periodismo, empeñados en contarnos, lo que deseamos escuchar, pero sobre todo, por encima de todo, lo que no podemos, no debemos olvidar.

¡Otro policía¡ ¿Me haréis enseñar Barcelona a otro policía? ¿ Tendré que prepararle una cena, a otro policía?. Es lo que nos dijo Pepe Carvalho, cuando le llamamos para comunicarle que el Premio lo habían ganado usted y Salvo Montalbano.

Pero cómo Carvalho es un hombre razonable le explicamos que era un policía, pero un policía especial, nada típico ni tópico. Que su propio autor, usted, dice que si fuera real no duraba ni tres días en la policía italiana. “es un elemento que he incrustado literariamente en la policía italiana”.

Es un policía que lee, aunque no sé si Carvalho terminó de creernos. Que lee a Maigret, que piensa que Los Pitard es una obra maestra, a Durrenmatt, que lee a Sjöwall y Wahlöö, esa pareja de suecos de nombre impronunciable. Es un policía que lee a Vincenzo Consolo, a Borges y que cuando repasa los lomos de los libros que le llenan dos habitaciones de su envidiable casa “tropezó con un título de Andrea Camilleri, un poco antiguo que aún tenía pendiente. La trama se inspiraba en un fragmento de una novela de Sciascia, trataba de un tal Patò”.

Es un policía que  odia los compromisos familiares, ir al peluquero y los entrepanes, se lleva mal con sus jefes y vive junto al mar. No cree en los lugares comunes, ni las frases hechas ni las ideas preconcebidas.

Usted y Salvo Montalbano deben entender a Pepe Carvalho y su alergia histórica a la policía. Sufrió demasiados años a la policía de la dictadura franquista. Una policía que entre el método de investigación inductivo o deductivo prefería y practicaba el método torturativo. La tortura como método eficaz no de obtener confesiones sino de arrancar declaraciones. Un método que hacía que, de cuando en cuando, a la policía se le cayera algún dirigente comunista por las ventanas o estudiantes por los huecos de escalera. Una policía que quería tanto a sus detenidos que los tenía días y días antes de pasarlos ante aquellos jueces, que pensaban que los morados de los golpes eran un tipo especial de lunares o pecas.

Le hemos pedido a Pepe Carvalho que cuando Salvo Montalbano vaya a cenar a Vallvidrera, no encienda la chimenea con ningún libro de Pirandello, o Sciascia, o Bufalino, o Consolo. Ni tampoco con García Lorca, como deferencia a usted. Le hemos explicado que usted ganó su primer premio literario, a los 19 años, con un poema que se titulaba Muerte de García Lorca.

Montalbano le dirá que los libros que leen le ayudan a pensar y a razonar, y Pepe Carvalho le explicará que los quema porque los libros no le han enseñado a vivir.

Por cierto no conocíamos las capacidades clarividentes  de Pepe Carvalho y la percepción de lo que sería el futuro. Ahora recordamos, que hace cuarenta años, en Tatuaje, su primera novela como detective, el primer libro que quemó en su chimenea se titulaba España como problema.

Pepe Carvalho le explicará porqué vive en Vallvidrera:” Te puedes despedir de toda una ciudad con una sola mirada”. Siempre nos hemos preguntado si miró Barcelona antes de tomar el avión para Australia aquel Septiembre de 2003.

Pepe Carvalho, Salvo Montalbano, Manuel Vázquez Montalbán, Andrea Camilleri, todos hijos únicos, sin hermanos, pero ninguno hijo cambiado, como el título que usted dedica a Pirandello. Porque queremos decir ya, en este momento,  que nos gusta mucho, pero mucho, Salvo Montalbano, pero también disfrutamos enormemente con sus otros libros, con sus otros personajes.

Que también son nuestros, Michelino Sterlini y la irresistible prima Marietta; el Gigino Gatusso de Prívado de título, Giovanni Bovara de El Movimiento del caballo, el Corbo, de El curso de las cosas; la sra Clelia, el padre Macaluso y el comendador Aguglia de La temporada de caza; el ciudaddno Pippo Gennuardi de La concesión del teléfono, y el contable Patò, naturalmente. Tambien son nuestros El beso de la sirena, El guardabarrera, La joven del cascabel. Aprovechamos la ocasión para pedir que, por encima de las ventas, una lengua, el catalán, necesita tener traducidas novelas como estas.

Somos lectores afortunados de su inmensa capacidad de escribir, que comparte con nuestro añorado Manuel Vázquez Montalbán. Una obra amplia y diversa, llena de matices, músicas, y silencios. Llena de amor, en un caso a las calles de Barcelona, en otro el amor a la tierra, a los olivos, desde los que se huele el mar. Su mar, nuestro mar.

Ustedes dos escriben demasiado rápido y, lo que es peor, escriben mucho, dicen los críticos con mayúscula. Pero esos críticos,  prejuiciosamente  acríticos,  nos permitirán citar a Borges, para explicar la motivación de su sinrazón. “Ello se debe a un inconfesable juicio puritano, considerar que un acto puramente agradable no puede ser meritorio”.

Nos ha dicho Pepe Carvalho que ya sabe que a Montalbano le gusta nadar. Muy temprano le llevará a La Barceloneta, antes de que sus playas se llenen de bañistas. Le asegurará que no tropezará con ningún cadáver, como en Un giro decisivo, pero le contará que hace bastantes años, en estas playas, apareció un cadáver tatuado. ”Nacido para revolucionar el infierno”. Sería su primer caso como detective. Carvalho entenderá la mirada extrañada de Montalbano. El agua de las playas de La Barceloneta no tiene la transparencia del agua de Sicilia.

Después, irán a lo que queda del puerto de pescadores, a la Torre del reloj. Junto a Charo y Livia, buscarán a Vicens Forner, el pescador, para que les dé los salmonetes que apenas hace unas horas estaban en el Mediterráneo, y que esta noche le preparará para la cena, mientras Salvo y Livia descubren los matices de un Costers del Segre.

Pasearan por las calles de La Barceloneta, donde todavía habrá ropa tendida en los balcones. Bragas, sabanas, calzoncillos. No somos Génova, no vendrá el G 8 a reunirse aquí. No habrá pruebas falsas. No se atreverán a tocarnos ni las bragas, ni los calzoncillos.

Montalbano, cuando venga a Barcelona, le traerá a Charo la última novela en la que es protagonista. Charo recibirá ese hermoso libro publicado por Sellerio, y sabe que se lo llevará a su casa, que no dejará que  Carvalho lo lleve a Vallvidrera por si un día decide caer en la tentación de quemarlo.

Queremos decirle señor Camilleri, como nos gustan los libros que le publica Sellerio. Son exquisitos y delicados. Y queremos compartir con usted la tristeza de aquel dia de Agosto del 2010, que en una nota del diario El País, nos enteramos del fallecimiento de Elvira Sellerio. Tristeza y rabia.

Ustedes dos, usted y Vázquez Montalbán, han conseguido hacer del  género negrocriminal, una narrativa de entretenimiento de alto nivel que favorece ampliamente el placer gozoso y pecaminoso de la lectura sin recurrir a trucos banales, lugares comunes ni a lo simple. Sencillo sí, simple, no. Utilizando el género para hacer un discurso político y civil, como Izzo,como Markaris Markaris, pero también como los mejores nórdicos, desde Sjöwall y Wahlöö, a Mankell, Leiff G.W. Persson, o Indridason. El género negrocriminal como ejercicio de inteligencia y arma sutil de denuncia.

Nos gusta Montalbano. Nos gusta mucho. Nos gusta que en Mayo del 68, con 18 años, esté en la calle, donde había que estar. Nos gusta, pues, que haya nacido en el 50, un buen año, estamos convencidos, ya que compartimos edad. Nos gusta que le interese más el proceso de cómo llegar a la verdad que la verdad en sí misma.

Usted siempre dice que Montalbano no podría comer las cosas que cocina Carvalho pero cuando Montalbano entra por primera vez a la Trattoria San Calogero, después de meter la pata tres veces, sale bien comido: tres entrantes, un plat d´espaguettis amb garotes, per quatre persones i sis rogets arrebosats. O  Cuando come en la Tratorria Da Enzo, cuscús con ocho variedades de pescado y unos salmonetes después.. O cuando se despierta, en El ladron de meriendas, agitado por culpa del kilo y medio de sardinas al horno rellenas con anchoas, cebolla, perejil y pasas que se había zampado la víspera.

Cuando no come fuera de casa, tiene a la persona que más le envidiamos. Ni Livia, ni Ingrid, ni el ordenado Fazio, ni Catarella el genio de la informática. Conspiraríamos para arrebatarle a Adelina. Cuando ella aparece en alguna novela comenzamos a salivar, y cuando ella termina de cocinar tenemos que tener cuidado con no ahogarnos cuando se nos hace la boca agua.

Señor Camilleri, me gustaría poder escribir bien, la mitad de la mitad que usted, para poderle trasmitir el agradecimiento de los libreros. No sólo porque sus libros se venden bien. Que falta nos hace, sino porque son fáciles de vender. Realmente nosotros no los vendemos, los lectores nos los compran. No hay que explicar nada del libro, basta con decir, Es un Camilleri. Y recibes la sonrisa de los labios, de los gestos del lector, de las manos del lector arrebatándote el libro. Si los lectores son siempre necesarios, para completar el texto creado por el autor, usted no sólo tiene lectores sino cómplices, que sólo desean recibir como pago, el botín de un libro suyo cada pocos meses.

En algún momento, en algún encuentro,  alguien te presenta a su mujer o a un ser querido como “éste fue el librero que me descubrió a Camilleri”. Seguramente no se acuerda ni de cómo me llamo.

Montalbano y Carvalho. Policía y detective, pero ambos tienen muy claro qué es la ley, qué es la justicia y que muchas veces no coinciden. Ambos son tercos como mulas, en la consecución de la verdad real y no de la oficial. No les basta saber quién y cerrar el expediente, necesitan, como el aire que respiran, saber el porqué. No importa qué poder, qué poderoso esté detrás.

Por eso, cosechan derrota tras derrota, pero el día que explicaban en clase el verbo rendirse, la palabra rendición ellos no estaban. Habían hecho campana. Seguramente estarían ligando o leyendo.

Son como el pueblo catalán. Trescientos años de derrotas y ni un minuto de rendición.

2014. Se lo comentábamos en la carta en la que le comunicábamos nuestro deseo de que viniera a Barcelona. Todo sigue igual. En España, en Catalunya y en Italia. Un porcentaje de parados que da vergüenza, la corrupción sigue campando a sus anchas, la bolsa sube, la pobreza, lógicamente, también. El capitalismo salvaje, perdón por la redundancia, es más salvaje. Rescatamos a los bancos para que les sea más fácil desahuciar a los que no pagan la hipoteca. Todo sigue igual, pero hay una pequeña alegría: usted está entre nosotros. Y eso nos hace felices. Nos alegra, nos da ánimos.

Porque nos permite decirle, yo soy sólo un portavoz privilegiado, dos cosas.

Señor Camilleri, le queremos, como se quiere a la gente que nos hace feliz. Le queremos porque nos reconcilia con la esperanza y la sonrisa, con cada libro suyo que leemos.

La segunda cosa es más sencilla de decir: Gracias. Y más sencilla aún  de repetir Gracias, gracias, gracias…

Anuncios

4 pensamientos en “Discurso del comisario Paco Camarasa a Andrea Camilleri

  1. Escoltar aquest parlament en Paco ha sigut emocionant. És més fins i tot he deixat anar una llàgrima. Felicitats.

  2. Pingback: Montalbano lee | Después del hipopótamo

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s