Mañana sábado, un libro necesario

Mañana, sábado, presentamos uno de esos libros que son necesarios. Podemos leer una novela u otra, que nos entretengan o nos aporten más o menos. Pero Crónicas de l´Òstia. Barceloneta 1949-1992 es un libro diferente: es un libro necesario.

 

Es posible que ustedes caminen por las estrechas calles del barrio, que le parezca entrañable que aún haya ropa tendida en los balcones (no hay otro lugar, ninguna manzana tiene patio interior), que se sorprendan de la vitalidad de sus gentes, de sus bares archiconocidos pero que no tienen rótulo, hay que preguntar a los que viven en el barrio. Podrán venir muchas veces y quedarse en la piel del barrio. Necesitan el libro que ha escrito Vicens Forner para penetrar, para sentir, para recordar, para conocer.

 

Ustedes pueden ir muchas veces como turista a La Habana, pero leyendo a Padura desvelarán sus silencios, sus sonrisas, sus secretos. Pueden venir muchas veces a La Barceloneta, como un “turista barcelonés” más (o de más allá). Pero si quiere conocer, si quiere saber por que las calles estrechas terminan en una palmera, un horizonte y un susurro del mar, si quieren dejar de ser turistas para convertirse en viajeros, tienen que leer el libro que “bautizaremos” mañana entre vino, mejillones, el vermut, las patatas fritas. El picón y las bombas, les indicaremos donde encontrarlos, donde celebrarlos.

 

Les dejamos con el prólogo que Vicens Forner nos ha hecho, a nosotros y a ustedes.

 

Relatar estas historias me ha llevado a comprender esa manía de los hermanos escolapios de obligarnos a hacer una redacción al regresar de un día de excursión.

 “Haced un resumen de las experiencias vividas hoy”, exigían los de­votos de Jesús.

 Hoy, cincuenta años después, sin que ningún profesional de la sante­ría me lo exija, me he puesto a redactar las experiencias que, por motivos que desconozco, han quedado suspendidas en mi memoria desde que tengo uso de razón. Toda mi vida ha transcurrido en la Barceloneta –L’Òstia, como se le ha llamado siempre–, es un barrio edificado sobre una porción de arena que limitaba al norte con la vía del tren, al sur con el rompeolas, al este con la playa y al oeste con el puerto. Así pues, salvo algunas incursiones obligadas en Barcelona, la city jamás despertó en mí el menor interés. Sabía muy bien que había vida más allá de la vía del tren, pero no me interesaba. Mi universo era mi barrio; toda mi familia estaba allí –mis amigos, mi trabajo…–, y siempre he sido consciente de que mi futuro también.

Algunos pensarán que estos relatos son fruto de mi imaginación y de la vanidad. Tal vez la segunda haya influido un poco, pero puedo asegurar que carezco de la primera y, aunque no fuera así, debería ser un genio para poder inventar todas estas historias sin hacerme un lío (y salta a la vista que no lo soy).

La Barceloneta fue al principio un barrio marginal; durante muchos años estuvo extramuros de una ciudad que cada mañana abría las puertas y nos permitía entrar, y cada noche las cerraba y nos dejaba fuera. Nuestro barrio también estaba cerrado, aunque jamás necesitó murallas. La mala fama de que gozaba por tratarse de la zona portuaria –donde convivían pescadores, estibadores, marinos, gentes humildes de todos los oficios y, por supuesto, malhechores de la más diversa condición– provocaba que poca gente de Barcelona lo tuviera como destino de veraneo.

             Que los barrios desaparecen es un hecho del que todos podemos dar fe (no me refiero a los edificios –un barrio no son las piedras, las calles ni tampoco las casas. Es algo más: son las gentes que lo habitan, sus costumbres, los contrastes culturales, las historias de sus personajes… con emociones, pasiones, odios, luchas, envidias, amistad, compañerismo y, sobre todo, fuerza para poder sobrevivir–).

         Sería fantástico que algún vecino de cada barrio de Barcelona se animara a escribir cómo se vivía en él y dejara unos folios que recordaran el pasado y las costumbres para que las generaciones venideras pudieran conocer la versión personal de un nativo. Una interpretación que, a buen seguro, no tendrá nada que ver con la oficial que siempre nos presentan los historiadores y que suele resultar un coñazo.

             Por último, debo decir que este libro trata de sentimientos; de personas que ya no están pero que, de hecho, no se han ido y vagan todavía por nuestras calles, además de estar presentes en nuestro recuerdo y en este barrio que no les dejará morir, porque mientras su memoria perdure, la Barceloneta existirá. Y es que, secillamente, son “un reflejo de su alma”.

 

Vicens Forner

 

 

 

Saludos negrocriminales y buena lectura

 

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