Basajaun y Belagile, Màrius Serra en La Vanguardia

Esta semana Barcelona es negra gracias al consolidado festival de novela policiaca BCNegra. Hace años que aprovecho los estímulos que genera este certamen para leer obras de un género tan exigente como imitativo, en el sentido noble del término. El auge de la novela negra de estos últimos tiempos no es ajeno a la conflictividad social que provoca el péndulo de bonanzas y naufragios económicos que asolan Europa. La situación actual de las sociedades griega, italiana, catalana o española tampoco es ajena a las últimas novelas de Márkaris, Camilleri, Martín o Silva. A menudo la literatura negra es una extensión de la crónica periodística. Pero siempre hay obras que buscan una cierta atemporalidad. Es el caso de Dolores Redondo, el último fenómeno que nos propone la industria editorial. Me he leído la traducción catalana de El guardián invisible, una de las trece lenguas a la que está traducida esta primera parte de una anunciada trilogía situada en el valle de Baztan. En este primer volumen asistimos a la investigación de una serie de crímenes que presentan el mismo patrón. La lógica argumental nos arrastra sin estridencias por una serie de lugares inesquivables de toda investigación, pero algo en el ambiente nos atrapa. Poco a poco vamos conociendo algunas circunstancias personales de la inspectora Amaia Salazar que nos impelen a interesarnos por ella. Los descubrimientos sobre el caso que investiga quedan en un segundo plano y se impone su historia. El camino que conduce al origen de su miedo. El episodio del pasado que separó a la inspectora de su familia y que la ha conformado tal como es.

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Redondo apuesta por una protagonista que lleva una triple efe: fémina, fuerte y frágil. La inspectora Salazar trabaja en la policía foral y, por tanto, no es una antisistema como la famosa Lisbeth Salander de Stieg Larsson, pero ambos personajes comparten la misma triple efe. Redondo también busca trascender los límites de la razón, aunque ella lo hace por una vía más esotérica. Sitúa la novela en Elizondo, en la zona vascófona de Navarra, y apuesta por recuperar figuras mágicas del imaginario euskera. Es así como aparecen la belagile (mujer oscura, bruja) o el basajuan (el señor del bosque, una especie de yeti pirenaico), sin acabar de romper nunca la convención del realismo ni atravesar ninguna frontera sin retorno hacia los reinos de la fantasía. El alto y peludo basajuan, el guardián invisible, convive en el relato con el espíritu científico de los especialistas en osos. La tía Engrasi, dulce bruja viajada y retornada, ejemplifica la capacidad de un género novelesco basado en un realismo exacerbado por entrever otros mundos.

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